No es extraño escuchar conversaciones entre terapeutas en las que se habla de agujas, plantas, masajes energéticos, movimientos, testajes increíbles, preparados nuevos, consejos, muchos consejos, dietas y dietas espectaculares y miles de productos a cual más novedoso, grandioso y potente.

En las escuelas donde los terapeutas aprenden se enseña en diferente grado e intensidad asignaturas como anatomía, fisiología, fitoterapia, acupuntura, naturopatía, nutrición, kinesiología y otras muchas, enfocadas principalmente al cliente, enfermo y paciente de esta visión “holista” de la medicina. El objetivo es noble: curar, tratar, ayudar y no dañar.

Sin embargo es curioso que no llame la atención que dentro de una visión holística el terapeuta no suele aparecer por ningún sitio, salvo para enseñarle técnicas, técnicas y técnicas.

En un holismo tan peculiar es lógico que se produzcan por tanto huecos, vacíos, lagunas que no aparecen en las conversaciones… quizá por vergüenza, miedo al ridículo, hastío, complejo o puro aburrimiento y desolación.

El terapeuta deviene héroe. Lleva una pesadísima mochila de armas terapéuticas nucleares pero nadie se ha preocupado de preguntarle cómo está, cómo te sientes, cómo te encuentras.

Este moderno héroe se enfrenta a temibles batallas. La primera es que debe ser capaz de curar o aliviar muchas enfermedades, incluso las incurables, de las que en ocasiones no pudo palpar en su escuela ya que no había nadie por allí con un síndrome de Sjogren o una nefropatía diabética pero luego debe ser capaz de ayudar y aliviar en esa dirección.

Se enfrenta además a una situación compleja con su profesión que no es oficial, ni legal ni ilegal, sino algo más raro, es alegal.

Además se encuentra sólo, algo difícil de reconocer y manejar, debe cobrar poco porque él es noble y además debe cobrar él, porque no siempre tendrá secretaria o incluso no puede aunque quiera ofrecer la consulta en regla.

A este terapeuta se le supone una capacidad de escucha activa mágica aunque nunca se le ha formado en esa dirección ya que los programas, insisto,  piensan en los clientes y enfermos, pero rara vez en los terapeutas que ejercen los tratamientos. El terapeuta debe ser empático, pero realmente desconoce lo que la empatía es a nivel práctico o cómo ésta predice un nivel de burn out que muchos terapeutas sufren en soledad sin entender porqué.

Algo peor sucede. El terapeuta tiene migrañas, digestiones extrañas, dermatitis, debilidad, cansancio, colon irritable y un sinfín de patologías que no se explica, que conoce bien y estima a la perfección sus causas, pero que a pesar de ello no acaba de cerrar. Una y otra vez sospecha de un bloqueo que no sabe de donde viene o adonde va. Esta circunstancia la vive en semi vergüenza ya que su propia terapia no consigue arrancar ese estigma de debilidad que le aqueja y por ello sólo lo comenta a otros terapeutas a los que acude esta vez como enfermo en un semi secreto y por su estado que no encaja en su teoría holista del equilibrio.

Si no abandona en el intento el terapeuta ve como se le mueren algunos pacientes, más allá de lo que haya podido hacer y convencer. Por momentos se ve tentado a dar explicaciones, algunas tiránicas y matemáticas en donde faltó un nutriente o enfocar una emoción o un trauma, pero pasado el tiempo ya no se atreve a tamaños juicios y no le queda más remedio que aterrizar en el misterio.

Lo que empezó siendo un sueño de ayuda o en una bella aventura, se convierte en un viaje del héroe, en el que como en todo buen drama hay capítulos que implican dar vueltas y vueltas sobre círculos sin sentido, energía perdida, contradicciones y desgaste y un sinfín de emociones contrapuestas.

En un alarde de esfuerzo el terapeuta cree que la solución puede ser investigar la enfermedad por sí mismo, en su humilde consulta nada más y con su determinado número de pacientes… pero ¿cómo se hace eso? ¿cómo se valida, evalúa, filtra, reconoce o cuantifica el grano de la paja? ¿Realmente se curó Juana o era una enferma agradecida? ¿Qué papel hicimos en una “regulación” generalizada sobre síntomas no muy claros? ¿Cuál fue nuestra influencia dentro del cocktail de plantas, agujas, testajes, alimentos y complementos que la persona tomó?

Quizá la respuesta sea hacer terapias más energéticas, o bien más cuánticas, o bien acudir a las máquinas para que acierten bien en el diagnóstico, o puede que adquirir el nuevo libro en donde todo está en la mente y la actitud.

Pasa el tiempo y nadie se ha ocupado todavía del terapeuta.

Es hora de enseñarle lo que la enfermedad, la salud, la vida, la conciencia, la muerte, el silencio, los lazos, los vínculos y la meditación genuina ES.

Es hora de pensar en el terapeuta y no sólo en sus clientes y sus enfermedades.

Es hora de que sepa que hay un modo de estar y ser, por ende de tratar a los demás que no tiene nada que ver con los resultados, éxitos o fracasos de las miles de terapias.

Es hora de enseñarle y que practique e interiorice de forma guiada, rigurosa y cercana, la dimensión profunda del encuentro con el otro.

Para todo eso, para reparar los enfoques holísticos de la terapia que de tanto mirar y considerar el bosque se olvidaron del árbol del terapeuta hemos creado esta vía a compartir.

No te la pierdas. Mindfulness para terapeutas: ciencia, tradición y crecimiento genuino.

 

By Jose Sánchez

www.neuro-leader.org

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