Carmen, Lucía, Ana, Juan, Miguel y Pedro son terapeutas profesionales,  maestros en diferentes técnicas, amantes de su trabajo. Algunos, extrañamente me decían, sufren de migrañas, anemias ocasionales o colon irritable y la mayoría de ellos, fatiga y cansancio, aunque comentaban que era debido a una conjunción energética o algo parecido.

Se encontraban todos en un curso, buscándose a sí mismos, y les propuse un difícil ejercicio: anotar todos los síntomas, malestares y enfermedades en los últimos dos años. De 18 asistentes, 8 eran terapeutas.

El ejercicio fue sencillo y directo para todos, aunque no tanto para ellos. Me confesaron sentirse extraños, tristes, incluso culpables, por tener una larga batería de cefaleas, anemias, diarreas, alergias, asmas, desórdenes digestivos, desajustes hormonales, desánimos y abatimientos… y mucho cansancio.

Sus emociones y reacciones me sonaban cercanas y se explican bien desde el paradigma oculto de sus terapias.

Recuerdo cuando en 1998 un profesor me explicaba que el “Qi” es una “energía” que “fluye” por los “meridianos” y que éstos, se estancan en caso de enfermedad. Con los movimientos que practicábamos una y otra vez no había estancamiento y se disipaba la enfermedad. No sólo eso, sino que se alcanzaba la salud y la longevidad mediante tan simple remedio. Los apegos de juventud ganaron momentáneamente a mi espíritu crítico genético pero al final tuve que resistirme a la evidencia: al profesor se le caía el pelo (como a mí ahora 🙂 ), tenía canas, evidente sobrepeso, alergias, vitalidad media, sexualidad compulsiva disfrazada de “Tantra” (a decir del interés ilimitado en el género femenino) y un largo etcétera. ¿Qué fallaba? ¿Cómo no se podía aceptar la propia realidad y mantenerse fiel al dogma de “haz esta postura, este movimiento y obtendrás la salud total”?

No es el lugar éste para argumentar qué son, pueden ser o donde verdaderamente apuntan los términos antes entrecomillados sino para mostrar como en ciertos planteamientos terapéuticos, la perfección, la certeza, la seguridad y el control están escondidos pero a la vez presentes en su modelo de concepción salud – enfermedad.

Quizá por inocencia, bondad o buenas intenciones, muchos de estos modelos aspiran a grandísimas metas, casi gestos heroicos como curar lo que nadie cura una y otra vez, no importa el momento o circunstancia. O quizá el planteamiento nace por contraposición a medicinas que se conforman con aliviar síntomas o ver cuerpos separados de psiques. El caso es que la Culpa, el Stress y la Frustración están servidas en bandeja de plata para aquellos que ejercen terapias si enferman a pesar de conocerlas.

Carmen, Lucía, Ana, Juan, Miguel y Pedro no eran la excepción, sino la norma, pero no en cuanto a que ellos también mostraban síntomas, ¡faltaría más!, sino a las emociones y juicios que como terapeutas les acorralaban en su interior, manifestando al final con sinceridad  “no entiendo Jose”.

Por alguna razón en una parte del camino alguien cayó en el viejo mito de negar el mal (diferente a evitarlo) y mirar sólo un lado del pastel. Mire, es que tenemos aquí algo maravilloso, lo decimos nosotros que lo sabemos históricamente y nos funciona siempre. Si falla miramos al cliente, a su subconsciente, a sus bloqueos o donde haga falta, que ahí estará el problema, pero nunca en la terapia porque ésta por definición es perfecta.Tanto que no necesita renovarse, adaptarse, explicarse mejor, reconocer sus limitaciones o evaluarse objetivamente. Nada de eso necesita una terapia que vale para todo y explica todo a la perfección…, salvo sus fallos.

Desde esta visión se fueron construyendo terapeutas y terapeutas  promoción tras promoción que no enferman en público, pero que les duele la cabeza en privado; que recomiendan productos que a ellos no siempre les funcionan; o que defienden a muerte dietas muy puras pero que a ellos no les transforma en seres con verdadera vitalidad.

Lo peor, insisto, no es lo que les ocurre, que es a todas luces lógico y normal, sino que lo vivan con vergüenza, culpa, incomprensión o que se enfaden con el cartero que les muestra la incoherencia.

La presión va más allá, porque en torno a las terapias vuela un halo de espiritualidad. El problema es que la espiritualidad genuina no vuela, sino aterriza. La culpa o incomprensión se multiplican cuando asociamos a la enfermedad matemáticamente una carga que nos dice que nos hemos salido del camino correcto. Se nos anima a juzgar en esa dirección una y otra vez… y si algo ocurre es por un trauma, un puñetero bioshock, unas emociones no digeridas o rizando el rizo de la incongruencia, un bloqueo subconsciente. En ocasiones esos pueden ser unos ingredientes, o acaso una explicación, pero no siempre una solución. Estos casos extremos otorgan el supuesto control total al paciente como si todo, absolutamente todo, dependiera exclusivamente de su actitud.

Con ese planteamiento el terapeuta,ahora ya también paciente, no sólo se siente emocionalmente consternado sino también poco “espiritual”. Comentarle los casos documentados de Santos, Bodhitshavas o Despiertos con cáncer o diferentes enfermedades no sirve. Tampoco mostrarle como gente perversa, ególatra, sátrapa y dictadora no siempre enferman: como creyentes ciegos la evidencia sirve para apegarse aún más a su Fe.

Aunque nos hayamos creído que las terapias son perfectas y curan todo, lo cierto es que como cualquier manifestación humana, están lejos de esa gloria. Sirven mucho para algunas cosas, poco para otras tantas y nada para el resto. Eso no las hace peores, sino profundamente reales. Las terapias ya son maravillosas y no necesitan ser magnificadas o caer en mitos que les impida ver sus limitaciones.

El terapeuta que ya no niega sus procesos, sus dolores y sus patologías, no se vuelve menos espiritual sino lo contrario. Por primera vez, después de un entrenamiento en esta dirección, me confesaban Carmen, Lucía, Ana, Julia, David, Juan, Miguel y Pedro, que veían a los pacientes desde otro lugar, más cercano y real. Sabían que no todo dependía de la actitud, del enfoque, de la aguja, del alimento o de la planta porque todo pertenece a una realidad interdependiente de la que sólo conocemos una pequeñísima parte.

Aprendieron a depurar sus responsabilidades, las de los otros y poco a poco a asumir su papel, que no era el de héroe, salvador, padre, madre, amigo espiritual o fantasía sexual de sus clientes, sino el de un simple profesional que se entrega con humildad y conocimiento a su trabajo.

Aprendieron a hacer su parte, sin inmiscuirse en la de los demás, sin necesidad de nombrar su forma de hacer como superior, correcta u holística, sino ante todo, humana, sencilla, honesta y sensata.

Entregándose a esa realidad, aceptando saber y sobre todo No Saber, nos acercamos, ahora sí, a una verdadera meditación y espiritualidad.

Porque la verdadera meditación enseña en la primera lección, desde el primer día, lo limitado de la dualidad Apego-Rechazo, como forma cerrada de acometer el difícil arte de vivir consciente.

Sin apegarse a ideas preconcebidas de cómo debe ser una terapia en cuanto a resultados, sin rechazar la realidad de nuestros procesos, dolores y patologías, sin asumir creencias como verdades, sin olvidar el espíritu crítico y el escepticismo, sin ponernos plumas ni trajes especiales ni certificados extraños, lejos de alejarnos del camino, entramos en él.

Mindfulness, la meditación científica, permite al terapeuta conocerse, aceptarse, abrirse y expandirse en la dirección más acorde a la fuerza de vida y su verdadero ser. Es esa fuerza la que paradójicamente, buscan y necesitan también sus pacientes.

El terapeuta que lo entrene, habrá crecido hacia un lugar al que sólo la mirada interior, no una técnica, puede llegar.

 

By Jose Sánchez

www.neuro-leader.org

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