Es una frase habitual en algunos círculos y que como tal, merece la pena revisar que hay debajo de ella. Convertida en mantra en manos de algunos profesionales de la salud es, en ocasiones, un comodín que esconde multitud de juicios, complejos, tiranías y falsas certezas.

Analizando encontramos dos extremos: 1. el paciente no hace nada por curarse, absolutamente nada, y 2. el paciente hace todo por curarse, absolutamente todo.

En el primer caso, no hay mucho que decir. Nos podemos encontrar con enfermos que no modifican su dieta, hábitos, vicios y mentalidad ante un infarto, un tumor o una úlcera. En ocasiones a pesar de sus hábitos estas personas son longevas e incluso se recuperan bien. Winston Churchill fue un ejemplo: su vida tuvo un buen nivel de stress y uno de sus hábitos era fumar y beber empedernidamente. Murió a los 90 años y podría ser un buen ejemplo de que existen personas, que probablemente por su fuerza genética, resistan incluso sus propios vicios.

Sin embargo es muy aventurado decir que como no hacen nada, no se quieren curar.  ¿Qué tal si no saben, si no pueden, si no entienden y no siempre si no quieren? ¿Tanto sabemos de hábitos en el cerebro como para aseverar al 100% que si no cambian es porque no quieren? ¿Acaso nosotros no caemos en las patatas fritas, en desear lo que no queremos desear, en el chocolate, en el sexo compulsivo, en no hacer el running, la dieta o la meditación que queríamos?

No es sencillo saber al 100% si alguien que no cambia un hábito es porque no quiere, no sabe o no puede. El papel del terapeuta no es precisamente criticar y juzgar al que no hace lo que “debería” sino ser sincero respecto a las consecuencias, ayudar a desenmascarar lo que mantiene una creencia así o quizá, quedarse al margen y no meterse en la vida de otro.

El segundo caso es todavía más elocuente. Personas que hacen todo por curarse… y no están precisamente muy sanas, son longevas o tienen gran vitalidad. A pesar de sus complementos mágicos, meditaciones en todos los chakras, desbloqueos de capas y capas ocultas, reequilibrios geomagnéticos y kármicos y bondades del tofu… no se curan de sus dolencias.

Cuando ponen la actitud… la mejor, la más positiva (mito a revisar sin duda), la más conectada al universo, la más cuántica (aunque no sepan lo que es la función de onda y la constante de Planck)… en muchas ocasiones, no se curan y como comentábamos en otro artículo hasta se avergüenzan de sus dolencias que no encajan en su paradigma.

Aquí el terapeuta está tentado de nuevo, de usar su comodín… “eso es porque no te quieres curar”. Antes de sacar esa katana, el terapeuta puede preguntarse si él se cuida a tope y tiene una actitud perfecta… de modo que sea un ejemplo, o bien si le interesa una actitud paternalista y lanzarse a conseguir pacientes inmaduros.

Si el paciente acaso es un ejemplo se puede recordar el triste pero célebre caso de Pablo Raez “siempre fuerte”, quien a pesar de la actitud, alegría y gran ejemplo, la enfermedad pudo con su vida. ¿Alguien podría decirle a Pablo que no se quería curar? ¿Qué hay de los pacientes que simplemente no son capaces de mantener la actitud y fuerza de este joven de 20 años? ¿Los juzgamos por no ser tan valientes o los acogemos en nuestro corazón?

Sé que la última parte del comodín es que en esos casos, en donde a pesar de la actitud uno sucumbe a la enfermedad, es porque había “un bloqueo subconsciente”. El terapeuta, ya convertido en juez, lleva al extremo su mantra porque parte de que la enfermedad no contiene ningún misterio, es matemática, predecible, manejable y controlable.

Lo curioso es que a estas alturas tendría que reconocer que realiza una terapia que no tiene tanta fuerza ni presenta tanto éxito porque es incapaz de cambiar el subconsciente del otro, ese que cree dominar.

Tiene tanto miedo este terapeuta, tanta necesidad de control que siempre usará el comodín tiránico antes que reconocer las sabias palabras mágicas: “NO SE”.

Si un día por fin abraza el NO SABER, ese mismo día podría empezar a meditar, a conocer qué es y como funciona ese subconsciente, con destinos, giros y fuerza de vida, que no responden precisamente al control, sino al asombro, respeto y admiración hacia la propia vida.

A ese terapeuta que no juzga, ni dentro ni fuera, es al que todos queremos ir.

By Jose Sánchez

www.neuro-leader.org

 

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