El Camino del Terapeuta V – Lo que aprende el terapeuta con Mindfulness y Meditación

Como hemos apuntado en los cuatro artículos anteriores, el terapeuta necesita una vía que ayude no sólo al paciente sino también así mismo. Reconocer que esa puede ser la medida de su fuerza es el primer paso.

Mindfulness, la meditación científica, lejos de mitos simplistas o versiones edulcoradas es una herramienta que permite acceder a otra forma de relacionarnos con nuestra profesión. Con ella somos mejores terapeutas por multiplicar por mil nuestra capacidad de escucha, visión, empatía y compasión. Con buena práctica y guía somos mejores personas y nos sentimos más humanos, centrados, enfocados y sabios.

Mindfulness y meditación no es sólo saber que hay que estar presente y respirar… ya lo dicen hasta los tertulianos de la tele, sino ¡hacerlo!

Pero no queda ahí, porque implica entender y profundizar en la naturaleza de la mente humana. No es un camino corto ni sencillo, sino intenso, genuino y transformador.

El terapeuta que aprende Mindfulness y meditación, observa desde una perspectiva más amplia qué es la enfermedad y reflexiona una y otra vez sobre su papel. Estudiamos los roles por tanto que todo terapeuta ejerce, incluso los clásicos paternales y maternales, para poder desprenderse de ellos y avanzar en su profesión.

Estudiamos las técnicas de meditación y también el sentido desde el cual las ejercemos, que es realmente la llave que posibilita acceder a su propia fuerza.

Nos acercamos al significado real de las palabras terapeuta y terapia que nos permite relativizar la salud y la enfermedad, evitando las clásicas cajas en las que toda terapia además de ayudarnos nos limita.  Nos preocupa mucho la relación terapéutica y qué tipo de lazos y vínculos establecemos con nuestros clientes, dado de que en función de qué relación establezcamos así obtendremos.

En esta práctica nos enfrentamos al clásico bloqueo de dinero por curación y en vez de dejar que el universo decida…, nos ponemos manos a la obra a mirar en nuestra psique y ¡decidir nosotros!

Para ayudar genuinamente al otro tenemos que reflejarnos en la ayuda propia. Observar hasta donde llegamos en la empatía pero sobre todo en la compasión que es clave en la práctica meditativa. Desde ahí, desde un espacio más puro, acaso podamos soñar con ayudar a los demás y aprender a escuchar, por fin, sin juicio, lejos de los temibles mantras aprendidos como terapeuta, que tanto daño hacen y que tanta ignorancia expresan.

El camino, como expresión de la vida, implica conocer las dificultades y queda muy lejos del buenismo y el pensamiento positivo dictatorial. Sin sospechar, entender y prevenir dificultades, Homo Sapiens Sapiens, terapeuta o no, choca contra sus propios muros.

La evidencia objetiva del progreso en la práctica la conoceremos por los demás. Son ellos los que nos indicarán si hemos aplicado la lección de las cualidades a cultivar. Junto al manejo del dolor, tema importante dentro del proceso, serán indicadores de nuestro progreso.

La muerte, es un tema del que no huimos, por mucho que se silencie en las prácticas modernizadas. Porque todo profesional de la salud observa como los pacientes, en determinadas ocasiones mueren. Muchos mitos se despiertan ahí, para favorecer creencias, justo lo que el practicante de Mindfulness observa.

La neurociencia es uno de los apoyos actuales para el practicante de Mindfulness. En tanto podemos explicar como funciona el cerebro y cómo cambia con la práctica, la neurociencia aporta una base estable para entender el funcionamiento de la meditación. Desde ella se ve muy bien como el Yo, esa estructura fundamental que da forma a nuestro psique, tiene un carácter ilusiorio y en ocasiones, nos engaña.

Aunque el camino sea personal, las dudas y las prácticas se comparten en la comunidad, el lugar que nos muestra como compartir, reflexionar y crecer también en lo social.

Todo esto y mucho más es Mindfulness para terapeutas, una vía para estar a la altura de tu mejor versión.

 

By Jose Sánchez

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El Camino del Terapeuta IV – El paciente que no se quiere curar…

Es una frase habitual en algunos círculos y que como tal, merece la pena revisar que hay debajo de ella. Convertida en mantra en manos de algunos profesionales de la salud es, en ocasiones, un comodín que esconde multitud de juicios, complejos, tiranías y falsas certezas.

Analizando encontramos dos extremos: 1. el paciente no hace nada por curarse, absolutamente nada, y 2. el paciente hace todo por curarse, absolutamente todo.

En el primer caso, no hay mucho que decir. Nos podemos encontrar con enfermos que no modifican su dieta, hábitos, vicios y mentalidad ante un infarto, un tumor o una úlcera. En ocasiones a pesar de sus hábitos estas personas son longevas e incluso se recuperan bien. Winston Churchill fue un ejemplo: su vida tuvo un buen nivel de stress y uno de sus hábitos era fumar y beber empedernidamente. Murió a los 90 años y podría ser un buen ejemplo de que existen personas, que probablemente por su fuerza genética, resistan incluso sus propios vicios.

Sin embargo es muy aventurado decir que como no hacen nada, no se quieren curar.  ¿Qué tal si no saben, si no pueden, si no entienden y no siempre si no quieren? ¿Tanto sabemos de hábitos en el cerebro como para aseverar al 100% que si no cambian es porque no quieren? ¿Acaso nosotros no caemos en las patatas fritas, en desear lo que no queremos desear, en el chocolate, en el sexo compulsivo, en no hacer el running, la dieta o la meditación que queríamos?

No es sencillo saber al 100% si alguien que no cambia un hábito es porque no quiere, no sabe o no puede. El papel del terapeuta no es precisamente criticar y juzgar al que no hace lo que “debería” sino ser sincero respecto a las consecuencias, ayudar a desenmascarar lo que mantiene una creencia así o quizá, quedarse al margen y no meterse en la vida de otro.

El segundo caso es todavía más elocuente. Personas que hacen todo por curarse… y no están precisamente muy sanas, son longevas o tienen gran vitalidad. A pesar de sus complementos mágicos, meditaciones en todos los chakras, desbloqueos de capas y capas ocultas, reequilibrios geomagnéticos y kármicos y bondades del tofu… no se curan de sus dolencias.

Cuando ponen la actitud… la mejor, la más positiva (mito a revisar sin duda), la más conectada al universo, la más cuántica (aunque no sepan lo que es la función de onda y la constante de Planck)… en muchas ocasiones, no se curan y como comentábamos en otro artículo hasta se avergüenzan de sus dolencias que no encajan en su paradigma.

Aquí el terapeuta está tentado de nuevo, de usar su comodín… “eso es porque no te quieres curar”. Antes de sacar esa katana, el terapeuta puede preguntarse si él se cuida a tope y tiene una actitud perfecta… de modo que sea un ejemplo, o bien si le interesa una actitud paternalista y lanzarse a conseguir pacientes inmaduros.

Si el paciente acaso es un ejemplo se puede recordar el triste pero célebre caso de Pablo Raez “siempre fuerte”, quien a pesar de la actitud, alegría y gran ejemplo, la enfermedad pudo con su vida. ¿Alguien podría decirle a Pablo que no se quería curar? ¿Qué hay de los pacientes que simplemente no son capaces de mantener la actitud y fuerza de este joven de 20 años? ¿Los juzgamos por no ser tan valientes o los acogemos en nuestro corazón?

Sé que la última parte del comodín es que en esos casos, en donde a pesar de la actitud uno sucumbe a la enfermedad, es porque había “un bloqueo subconsciente”. El terapeuta, ya convertido en juez, lleva al extremo su mantra porque parte de que la enfermedad no contiene ningún misterio, es matemática, predecible, manejable y controlable.

Lo curioso es que a estas alturas tendría que reconocer que realiza una terapia que no tiene tanta fuerza ni presenta tanto éxito porque es incapaz de cambiar el subconsciente del otro, ese que cree dominar.

Tiene tanto miedo este terapeuta, tanta necesidad de control que siempre usará el comodín tiránico antes que reconocer las sabias palabras mágicas: “NO SE”.

Si un día por fin abraza el NO SABER, ese mismo día podría empezar a meditar, a conocer qué es y como funciona ese subconsciente, con destinos, giros y fuerza de vida, que no responden precisamente al control, sino al asombro, respeto y admiración hacia la propia vida.

A ese terapeuta que no juzga, ni dentro ni fuera, es al que todos queremos ir.

By Jose Sánchez

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El Camino del Terapeuta III – Terapeutas con migrañas, colon irritable y fatiga

Carmen, Lucía, Ana, Juan, Miguel y Pedro son terapeutas profesionales,  maestros en diferentes técnicas, amantes de su trabajo. Algunos, extrañamente me decían, sufren de migrañas, anemias ocasionales o colon irritable y la mayoría de ellos, fatiga y cansancio, aunque comentaban que era debido a una conjunción energética o algo parecido.

Se encontraban todos en un curso, buscándose a sí mismos, y les propuse un difícil ejercicio: anotar todos los síntomas, malestares y enfermedades en los últimos dos años. De 18 asistentes, 8 eran terapeutas.

El ejercicio fue sencillo y directo para todos, aunque no tanto para ellos. Me confesaron sentirse extraños, tristes, incluso culpables, por tener una larga batería de cefaleas, anemias, diarreas, alergias, asmas, desórdenes digestivos, desajustes hormonales, desánimos y abatimientos… y mucho cansancio.

Sus emociones y reacciones me sonaban cercanas y se explican bien desde el paradigma oculto de sus terapias.

Recuerdo cuando en 1998 un profesor me explicaba que el “Qi” es una “energía” que “fluye” por los “meridianos” y que éstos, se estancan en caso de enfermedad. Con los movimientos que practicábamos una y otra vez no había estancamiento y se disipaba la enfermedad. No sólo eso, sino que se alcanzaba la salud y la longevidad mediante tan simple remedio. Los apegos de juventud ganaron momentáneamente a mi espíritu crítico genético pero al final tuve que resistirme a la evidencia: al profesor se le caía el pelo (como a mí ahora 🙂 ), tenía canas, evidente sobrepeso, alergias, vitalidad media, sexualidad compulsiva disfrazada de “Tantra” (a decir del interés ilimitado en el género femenino) y un largo etcétera. ¿Qué fallaba? ¿Cómo no se podía aceptar la propia realidad y mantenerse fiel al dogma de “haz esta postura, este movimiento y obtendrás la salud total”?

No es el lugar éste para argumentar qué son, pueden ser o donde verdaderamente apuntan los términos antes entrecomillados sino para mostrar como en ciertos planteamientos terapéuticos, la perfección, la certeza, la seguridad y el control están escondidos pero a la vez presentes en su modelo de concepción salud – enfermedad.

Quizá por inocencia, bondad o buenas intenciones, muchos de estos modelos aspiran a grandísimas metas, casi gestos heroicos como curar lo que nadie cura una y otra vez, no importa el momento o circunstancia. O quizá el planteamiento nace por contraposición a medicinas que se conforman con aliviar síntomas o ver cuerpos separados de psiques. El caso es que la Culpa, el Stress y la Frustración están servidas en bandeja de plata para aquellos que ejercen terapias si enferman a pesar de conocerlas.

Carmen, Lucía, Ana, Juan, Miguel y Pedro no eran la excepción, sino la norma, pero no en cuanto a que ellos también mostraban síntomas, ¡faltaría más!, sino a las emociones y juicios que como terapeutas les acorralaban en su interior, manifestando al final con sinceridad  “no entiendo Jose”.

Por alguna razón en una parte del camino alguien cayó en el viejo mito de negar el mal (diferente a evitarlo) y mirar sólo un lado del pastel. Mire, es que tenemos aquí algo maravilloso, lo decimos nosotros que lo sabemos históricamente y nos funciona siempre. Si falla miramos al cliente, a su subconsciente, a sus bloqueos o donde haga falta, que ahí estará el problema, pero nunca en la terapia porque ésta por definición es perfecta.Tanto que no necesita renovarse, adaptarse, explicarse mejor, reconocer sus limitaciones o evaluarse objetivamente. Nada de eso necesita una terapia que vale para todo y explica todo a la perfección…, salvo sus fallos.

Desde esta visión se fueron construyendo terapeutas y terapeutas  promoción tras promoción que no enferman en público, pero que les duele la cabeza en privado; que recomiendan productos que a ellos no siempre les funcionan; o que defienden a muerte dietas muy puras pero que a ellos no les transforma en seres con verdadera vitalidad.

Lo peor, insisto, no es lo que les ocurre, que es a todas luces lógico y normal, sino que lo vivan con vergüenza, culpa, incomprensión o que se enfaden con el cartero que les muestra la incoherencia.

La presión va más allá, porque en torno a las terapias vuela un halo de espiritualidad. El problema es que la espiritualidad genuina no vuela, sino aterriza. La culpa o incomprensión se multiplican cuando asociamos a la enfermedad matemáticamente una carga que nos dice que nos hemos salido del camino correcto. Se nos anima a juzgar en esa dirección una y otra vez… y si algo ocurre es por un trauma, un puñetero bioshock, unas emociones no digeridas o rizando el rizo de la incongruencia, un bloqueo subconsciente. En ocasiones esos pueden ser unos ingredientes, o acaso una explicación, pero no siempre una solución. Estos casos extremos otorgan el supuesto control total al paciente como si todo, absolutamente todo, dependiera exclusivamente de su actitud.

Con ese planteamiento el terapeuta,ahora ya también paciente, no sólo se siente emocionalmente consternado sino también poco “espiritual”. Comentarle los casos documentados de Santos, Bodhitshavas o Despiertos con cáncer o diferentes enfermedades no sirve. Tampoco mostrarle como gente perversa, ególatra, sátrapa y dictadora no siempre enferman: como creyentes ciegos la evidencia sirve para apegarse aún más a su Fe.

Aunque nos hayamos creído que las terapias son perfectas y curan todo, lo cierto es que como cualquier manifestación humana, están lejos de esa gloria. Sirven mucho para algunas cosas, poco para otras tantas y nada para el resto. Eso no las hace peores, sino profundamente reales. Las terapias ya son maravillosas y no necesitan ser magnificadas o caer en mitos que les impida ver sus limitaciones.

El terapeuta que ya no niega sus procesos, sus dolores y sus patologías, no se vuelve menos espiritual sino lo contrario. Por primera vez, después de un entrenamiento en esta dirección, me confesaban Carmen, Lucía, Ana, Julia, David, Juan, Miguel y Pedro, que veían a los pacientes desde otro lugar, más cercano y real. Sabían que no todo dependía de la actitud, del enfoque, de la aguja, del alimento o de la planta porque todo pertenece a una realidad interdependiente de la que sólo conocemos una pequeñísima parte.

Aprendieron a depurar sus responsabilidades, las de los otros y poco a poco a asumir su papel, que no era el de héroe, salvador, padre, madre, amigo espiritual o fantasía sexual de sus clientes, sino el de un simple profesional que se entrega con humildad y conocimiento a su trabajo.

Aprendieron a hacer su parte, sin inmiscuirse en la de los demás, sin necesidad de nombrar su forma de hacer como superior, correcta u holística, sino ante todo, humana, sencilla, honesta y sensata.

Entregándose a esa realidad, aceptando saber y sobre todo No Saber, nos acercamos, ahora sí, a una verdadera meditación y espiritualidad.

Porque la verdadera meditación enseña en la primera lección, desde el primer día, lo limitado de la dualidad Apego-Rechazo, como forma cerrada de acometer el difícil arte de vivir consciente.

Sin apegarse a ideas preconcebidas de cómo debe ser una terapia en cuanto a resultados, sin rechazar la realidad de nuestros procesos, dolores y patologías, sin asumir creencias como verdades, sin olvidar el espíritu crítico y el escepticismo, sin ponernos plumas ni trajes especiales ni certificados extraños, lejos de alejarnos del camino, entramos en él.

Mindfulness, la meditación científica, permite al terapeuta conocerse, aceptarse, abrirse y expandirse en la dirección más acorde a la fuerza de vida y su verdadero ser. Es esa fuerza la que paradójicamente, buscan y necesitan también sus pacientes.

El terapeuta que lo entrene, habrá crecido hacia un lugar al que sólo la mirada interior, no una técnica, puede llegar.

 

By Jose Sánchez

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El Camino del Terapeuta I – No es hacía otro sino hacia tí…

No es extraño escuchar conversaciones entre terapeutas en las que se habla de agujas, plantas, masajes energéticos, movimientos, testajes increíbles, preparados nuevos, consejos, muchos consejos, dietas y dietas espectaculares y miles de productos a cual más novedoso, grandioso y potente.

En las escuelas donde los terapeutas aprenden se enseña en diferente grado e intensidad asignaturas como anatomía, fisiología, fitoterapia, acupuntura, naturopatía, nutrición, kinesiología y otras muchas, enfocadas principalmente al cliente, enfermo y paciente de esta visión “holista” de la medicina. El objetivo es noble: curar, tratar, ayudar y no dañar.

Sin embargo es curioso que no llame la atención que dentro de una visión holística el terapeuta no suele aparecer por ningún sitio, salvo para enseñarle técnicas, técnicas y técnicas.

En un holismo tan peculiar es lógico que se produzcan por tanto huecos, vacíos, lagunas que no aparecen en las conversaciones… quizá por vergüenza, miedo al ridículo, hastío, complejo o puro aburrimiento y desolación.

El terapeuta deviene héroe. Lleva una pesadísima mochila de armas terapéuticas nucleares pero nadie se ha preocupado de preguntarle cómo está, cómo te sientes, cómo te encuentras.

Este moderno héroe se enfrenta a temibles batallas. La primera es que debe ser capaz de curar o aliviar muchas enfermedades, incluso las incurables, de las que en ocasiones no pudo palpar en su escuela ya que no había nadie por allí con un síndrome de Sjogren o una nefropatía diabética pero luego debe ser capaz de ayudar y aliviar en esa dirección.

Se enfrenta además a una situación compleja con su profesión que no es oficial, ni legal ni ilegal, sino algo más raro, es alegal.

Además se encuentra sólo, algo difícil de reconocer y manejar, debe cobrar poco porque él es noble y además debe cobrar él, porque no siempre tendrá secretaria o incluso no puede aunque quiera ofrecer la consulta en regla.

A este terapeuta se le supone una capacidad de escucha activa mágica aunque nunca se le ha formado en esa dirección ya que los programas, insisto,  piensan en los clientes y enfermos, pero rara vez en los terapeutas que ejercen los tratamientos. El terapeuta debe ser empático, pero realmente desconoce lo que la empatía es a nivel práctico o cómo ésta predice un nivel de burn out que muchos terapeutas sufren en soledad sin entender porqué.

Algo peor sucede. El terapeuta tiene migrañas, digestiones extrañas, dermatitis, debilidad, cansancio, colon irritable y un sinfín de patologías que no se explica, que conoce bien y estima a la perfección sus causas, pero que a pesar de ello no acaba de cerrar. Una y otra vez sospecha de un bloqueo que no sabe de donde viene o adonde va. Esta circunstancia la vive en semi vergüenza ya que su propia terapia no consigue arrancar ese estigma de debilidad que le aqueja y por ello sólo lo comenta a otros terapeutas a los que acude esta vez como enfermo en un semi secreto y por su estado que no encaja en su teoría holista del equilibrio.

Si no abandona en el intento el terapeuta ve como se le mueren algunos pacientes, más allá de lo que haya podido hacer y convencer. Por momentos se ve tentado a dar explicaciones, algunas tiránicas y matemáticas en donde faltó un nutriente o enfocar una emoción o un trauma, pero pasado el tiempo ya no se atreve a tamaños juicios y no le queda más remedio que aterrizar en el misterio.

Lo que empezó siendo un sueño de ayuda o en una bella aventura, se convierte en un viaje del héroe, en el que como en todo buen drama hay capítulos que implican dar vueltas y vueltas sobre círculos sin sentido, energía perdida, contradicciones y desgaste y un sinfín de emociones contrapuestas.

En un alarde de esfuerzo el terapeuta cree que la solución puede ser investigar la enfermedad por sí mismo, en su humilde consulta nada más y con su determinado número de pacientes… pero ¿cómo se hace eso? ¿cómo se valida, evalúa, filtra, reconoce o cuantifica el grano de la paja? ¿Realmente se curó Juana o era una enferma agradecida? ¿Qué papel hicimos en una “regulación” generalizada sobre síntomas no muy claros? ¿Cuál fue nuestra influencia dentro del cocktail de plantas, agujas, testajes, alimentos y complementos que la persona tomó?

Quizá la respuesta sea hacer terapias más energéticas, o bien más cuánticas, o bien acudir a las máquinas para que acierten bien en el diagnóstico, o puede que adquirir el nuevo libro en donde todo está en la mente y la actitud.

Pasa el tiempo y nadie se ha ocupado todavía del terapeuta.

Es hora de enseñarle lo que la enfermedad, la salud, la vida, la conciencia, la muerte, el silencio, los lazos, los vínculos y la meditación genuina ES.

Es hora de pensar en el terapeuta y no sólo en sus clientes y sus enfermedades.

Es hora de que sepa que hay un modo de estar y ser, por ende de tratar a los demás que no tiene nada que ver con los resultados, éxitos o fracasos de las miles de terapias.

Es hora de enseñarle y que practique e interiorice de forma guiada, rigurosa y cercana, la dimensión profunda del encuentro con el otro.

Para todo eso, para reparar los enfoques holísticos de la terapia que de tanto mirar y considerar el bosque se olvidaron del árbol del terapeuta hemos creado esta vía a compartir.

No te la pierdas. Mindfulness para terapeutas: ciencia, tradición y crecimiento genuino.

 

By Jose Sánchez

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El Camino del Terapeuta II – Sobre terapias holísticas y personas holísticas

Recuerdo escuchar por primera vez el término holístico relacionado con la medicina en 1998 cuando me matriculé en mi primera escuela de acupuntura. El “holos”, lo global, implicaba tratar o considerar todos los niveles del paciente, desde lo físico a lo espiritual se decía. Me chocó la afirmación dado que venía y sigo practicando de la meditación y acostumbrado al arte de darse cuenta, fue una sorpresa que se comentara lo global sin un atisbo de practicar el cómo. Entendí que hablar de “holístico” no tiene nada que ver con serlo.

Ni que decir tiene que este concepto, fue recogido por todos los alumnos con entusiasmo y aceptación. Diría que incluso hoy en día, lo holístico, es una especie de mantra repetitivo que no se pone en duda aunque no se entienda ni perciba el significado ni llame la atención la incongruencia de esa exposición. No importa: lo importante es creer.

La trampa estaba servida desde el inicio porque tratar o considerar todos los niveles del paciente, para así ser holísticos, implica no sólo conocer esos niveles sino también vivenciarlos. Es esta la pista, vivenciarlos, para desenredar el nudo y posicionarnos claramente en la dirección adecuada.

Físico, emocional, energético, espiritual… y así “ad infinitum”. Podemos perdernos en debatir o convencer de que tal nivel es más importante que otro o que existen algunos que nunca se consideran o que el nivel cuántico es el único o que el familiar es el vital. Debate estéril… típico de reuniones, comidas en los encuentros y peleas de gallos.

La cuestión desde aquel día de 1998 es que sorprende que si alguien jamás se acerca a su interior, al silencio, al descubrimiento del Yo y su naturaleza, a la interrelación de todos los fenómenos, pueda tratar el holos, lo global, en otros, cuando ni siquiera lo percibe y busca en sí mismo.

¡Cómo vas a tratar el holos si te excluyes tú del mismo!

Y he aquí el gran dilema de nuevo. Las Escuelas tal como citamos en el anterior artículo se centran en las técnicas y en los clientes usuarios de las mismas, pero no el desarrollo de los terapeutas que forman. Basta mirar los programas para darse cuenta de que lo dejan al libre albedrío personal por el que uno decide, desde su yo limitado y desde multitud de creencias previas, el camino que le lleve a lo holístico. Acaso aparecen algunos créditos libres donde se dan pinceladas… porque lo que importa es que el terapeuta llene su mochila de arsenal nuclear para utilizar con el paciente.

De hecho cada semana nacen nuevas terapias, a cual más poderosa y novedosa, por la que los terapeutas siempre sueñan poder ayudar más y más a sus pacientes.

En ocasiones estamos tan confundidos que creemos, de nuevo creencias, que si hacemos un poco de Qi Gong, unos estiramientos, unas asanas y unas respiraciones y un par de mudras ya estamos en el holos. No funciona así y no porque respirar o estirar sea erróneo, sino porque implica mucho más. ¿Acaso una postura enfocada desde una activación de un “meridiano” me dota de herramientas reales para enfocar la terapia desde una visión diferente y completa? Sin duda no… ¿Acaso cerrar los ojos de vez en cuando y relajarse y observar la mente es meditación? ¡Nada que ver!

La terapia si pretende ser holística, deberá incluir aquellas dimensiones que se escapan y enfocan de la noción del individuo. Estamos tan abducidos por el “individuo” que todo, incluso lo holístico se centra en él, en un oxímoron sin sentido.

La terapia no es únicamente el encuentro entre un terapeuta que sabe, trata o cura y un paciente que recibe consejo, guía, o remedios. No es el lugar en el que uno habla lo que sabe y otros escuchan sobre lo que desconocen. Tampoco es el lugar en donde uno pregunta al cuerpo del otro y éste le responde en códigos que emite su “subconsciente”. Ni por supuesto es solo el espacio en donde uno recibe paternalismo, maternalismo o humanos reconvertidos en gurus enviados de los cielos y admirados solo dentro de sus recintos.

La terapia es sobre todo el lugar del No saber, del encuentro numinoso con el otro, del reconocimiento de dos seres que están en proceso de muerte y que se perciben ambos por fin en el camino.

La terapia si busca lo holístico de verdad implica dejar de ser el lugar de las certezas y correcciones, para pasar a ser el sitio en donde uno abraza la incertidumbre, se engancha por fin a la presencia y se da cuenta, por fin, de que no se había dado cuenta de mucho, ya que esto de darse cuenta, implica una metodología, una perseverancia y una constancia que no nos habían indicado.

La meditación imbricada en la terapia, no para crear caritas de Buda y poses con mudras, sino para afrontar el misterio de la enfermedad, el dolor y el sufrimiento es una vía que ataca y se baña en lo holístico.

Holos porque empieza en uno mismo, en ese terapeuta solitario, que tiene dolores y enfermedades que no se explica, pacientes que no siempre sanan y preguntas que nadie le responde.

El camino del terapeuta es la vieja metáfora del enfermo que baja al inframundo para curarse y viendo allí sus propias miserias vuelve de ahí abajo… sin curarse, sí, sin curarse, pero enamorado y entregado al Logos, la naturaleza y la vida.

Un camino holístico no necesita hablar mucho de entidades misteriosas ni centros energéticos ni bloqueos desconocidos que esconden juicios, sino una actitud, fuerza de vida, regulación emocional, sentido de la existencia y capacidad de compasión que solo una vía profunda puede aportar.

Curiosamente esta fuerza no cura nada, pero sana y deja huella en otros y en ti, desde la cual, todos somos transformados, al despertar a lo esencial que está aquí y ahora, en todo momento.

El camino del terapeuta necesita que éste se enfoque por fin en sí mismo, en descubrir la naturaleza de su mente, lo futil de sus proyecciones, la ingente cantidad de creencia arraigadas sobre cómo deberían ser las cosas, la alta dosis de sufrimiento innecesaria, la máscara de terapeuta, las expectativas sobre el otro, la frustración del día a día, la ansiedad de la incertidumbre y el apego – rechazo a las técnicas que conoce.

Sin esa mirada lo holístico será un bosque, que de observarlo como tal nos llevará a chocarnos con un árbol que estaba aquí, justo delante, ahora.

Tú decides si tu proceso es importante de verdad.

 

By Jose Sánchez

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